The L World
Directora: Rose Troche. Productores Ejecutivos: Steven Golin y Larry
Kennar. Producida por Showtime Networks, Viacom Productions, Anonymous
Content and Dufferin Gate Productions. Canal: Showtime
Marianela Tovar · 15
Mucho se ha hablado sobre la invisibilidad de las lesbianas en los
medios de comunicación de masas. En lo que respecta a Estados Unidos,
que en la actualidad tiene la industria cultural de masas más
influyente del mundo, su presencia ha sido muy esporádica o
insignificante. Una excepción muy significativa es la industria
pornográfica, que produce películas, videos y revistas en donde se
presentan imágenes y escenas de sexo entre mujeres manufacturadas para
estimular las fantasías de los hombres heterosexuales.
La gran cantidad de películas que abordan las relaciones entre
lesbianas son difundidas dentro de los Festivales de Cine Gay o
Lésbico, pero son ignoradas por las grandes compañías distribuidoras
de películas, aunque hay excepciones que confirman la regla. En lo que
respecta a la televisión por cable, hasta hace poco no parecían existir
series protagonizadas por lesbianas que pudieran tener algún éxito (las
dos protagonizadas por Ellen Degeneres fracasaron supuestamente por
baja audiencia). Incluso, cuando aparecían personajes de lesbianas en
una serie, éstas formaban parte de historias secundarias, como en el
caso de ER, Mad about you, Buffy la Caza Vampiros y The O.C.
Todo esto parecía que iba a cambiar radicalmente, cuando en enero
del año pasado, Showtime, el conocido canal por cable de Estados
Unidos, estrenó la serie dramática llamada The L World, que trata sobre
la vida de una pareja de lesbianas y su grupo de amigas. La historia
empieza cuando una joven recién graduada de la universidad (Mia
Kirshner), llega a la ciudad de Los Ángeles para vivir con su novio,
quien es vecino de una pareja de lesbianas (Jennifer Beals[1] y Laurel
Hollowman). No pasa mucho tiempo sin que la recién llegada comience a
“cuestionar” su sexualidad e inicie un romance con la dueña del café
donde se reúnen este grupo de amigas, desatando así el primer conflicto
dramático de la historia.
Las protagonistas de esta serie son todas, sin excepción, mujeres hermosas, femeninas, peinadas a la moda y vestidas con trajes de diseñador. El único personaje que se sale un poco de este patrón es el
de Shane (Katherine Moennig), que más bien parece una rockera
ligeramente andrógina. Obviamente, no es este el tipo de lesbianas que
se encuentran normalmente caminando en las calles de Caracas, Nueva
York o Los Ángeles, las de esta serie son de vitrina.
Este grupo de amigas (que incluye a una bisexual y una
heterosexual), no parece estar al tanto de los problemas que afronta
actualmente la sociedad norteamericana, ellas están cómodas en su mundo
postpolítico y cerrado de West Hollywood. Los únicos episodios en los
que se toca un tema de carácter político son aquellos en donde la
protagonista, que es directora de un museo, se enfrenta a grupos
conservadores que protestan contra un montaje de obras provocadoras.
Es imposible no comparar esta serie con Queer as Folk, que está
elaborada en torno a las historias de un grupo de homosexuales (las
lesbianas aquí también son caracteres secundarios) que viven en
Pittsburg. Esta serie tiene un público cautivo, aunque, según algunos
comentaristas y críticos de televisión, no ha logrado atraer el interés
de los hombres heterosexuales, debido, supuestamente, a las fuertes
escenas de sexo entre hombres.
Puede parecer positivo que haya aparecido en la televisión (aunque
sea por cable) una serie exitosa donde las lesbianas no se limiten a
realizar papeles de relleno y sean las verdaderas protagonistas de la
trama. Lamentablemente, este protagonismo está marcado por la
estrategia que decidieron adoptar sus productores, quienes configuraron
los personajes y elaboraron la mayoría de las escenas –sobre todo
aquellas donde hay relaciones sexuales– con la intención expresa de
atraer el mercado masculino heterosexual. Esta afirmación no es
producto de la paranoia ni es un secreto que merezca ser guardado, de
hecho, Gary Levine un ejecutivo de Showtime, lo dijo sin anestesia:
“Lesbian sex, girl on girl, is a whole cottage industry for
heterosexual men.”(2)
Curiosamente, esta caracterización sexista y androcéntrica de la sexualidad lésbica no ha sido cuestionada por los representantes de las organizaciones GLBT más prominentes de los Estados Unidos, más bien ha
sido defendida por algunos de ellos, como Scott Seomin, quien
irónicamente es el director de Medios de Entretenimiento de la Alianza
de Gays y Lesbianas contra la Difamación (Gay and Lesbian Alliance
Against Defamation). Scott dice, palabras más palabras menos, que si
con esta serie se logra empujar al hombre heterosexual para que quede
enganchado en el factor titilante, éste va a aprender sobre las vidas
de las lesbianas; de todas maneras, ellos van a sexualizar la vida de
las lesbianas, así que debemos aprovechar para educarlos mientras lo
hacen. En otras, palabras, eduquemos a los hombres heterosexuales
mientras éstos se masturban.
Es lamentable que una serie dramática protagonizada mayormente por
personajes que caracterizan a lesbianas, haya sido concebida para el
entretenimiento exclusivo del público masculino heterosexual y no para
todo tipo de público. No se trata, entonces, de representar, aunque sea
de manera idealizada, la vida, conflictos y preocupaciones de un grupo
de lesbianas, se trata de convertir, una vez más, a las mujeres en un
objeto sexual expuesto para satisfacer los deseos y fantasías
voyeristas del hombre heterosexual.
No es la primera vez que las poderosas empresas de entretenimiento
usan a las lesbianas o situaciones de seudo lesbianismo como arma para
escandalizar y subir la popularidad de una actriz y para lanzar un
producto. Como ejemplo, tenemos el beso de Madonna con Britney Spears
en los premios MTV, acto dirigido a la audiencia masculina y con una
calculada finalidad publicitaria.
Muchos dirán que una serie de televisión no tiene que ser real, ni
representar a lesbianas, que ya se sabe que los productores de
televisión son capaces de vender a su madre para obtener buenos números
en el rating, pero, ¿debemos aceptar que sean ofensivos?, ¿se debe
aceptar esta representación artificial y estereotipada de las mujeres y
distorsionada de las lesbianas?, ¿éste es el precio que se tiene que
pagar para salir de la invisibilidad?, ¿ésta es la manera de educar al
público sobre los problemas reales que enfrentan las lesbianas?
Lo peor de todo es que el estereotipo de mujer presentado en esta
serie, no se corresponde con el estereotipo que en general se tiene de
las lesbianas. ¿Dónde están las marimachas? ¿Las camioneras? ¿Las
fuertes? Son doblemente invisibles (si esto es posible), no tienen
cabida en esta serie y la razón no se debe a que no encajan en el
patrón dominante de feminidad, sino a que no pueden ser sexualizadas
por los hombres heterosexuales.
No creo que se deba aceptar ningún producto que represente de
manera unidimensional, estereotipada y mecánica a ningún tipo de mujer.
Tampoco debemos aceptar que se nos siga encasillando dentro de los
roles de género dominantes.
Si salir de la invisibilidad implica pasar por un proceso que convierta a las mujeres heterosexuales, bisexuales y lesbianas en bienes de consumo, es preferible que los grandes medios de comunicación nos sigan ignorando. Ya nos encargaremos nosotras de que nos vean.
1. A quien vimos en la película Flashdance
2. Citado por Winnie McCoy en su reseña de la serie que apareció en el New York Blade (31-10-2003)
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